Hasta siempre

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Hace una semana que la muerte me persigue, la muy condenada corre más que yo. No viene por mí (al menos todavía), quiere rodearme, recordarme que existe, que llegará por todos algún día. Siempre supe que no estudiaría medicina, jamás estaré preparada para lidiar impasible con ella, es una pelea en la que siempre salgo perdiendo.

Es lamentable ver a un ser humano celebrando la muerte de otro, es tan cruel como el que mata de su propia mano. Bendito el que nunca ha llevado consigo la pena de ver partir a un ser querido, para aquellos que no hemos tenido tanta suerte el sabor de la muerte es un sufrimiento hondo que cala, nunca un motivo de felicidad. No se trata de expresar un dolor que no nace, nadie está obligado a ello, mas no es de humanos el irrespeto al pesar ajeno, lo mínimamente compasivo que puede hacerse ante una situación así, es guardar silencio.

Todo hombre verdadero debe sentir en su mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de otro hombre.

José Martí

Atropello

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Me empuja, arrastrada voy aprisa por la calle. No vale contradecirle. Insisto inútilmente en la objetividad de mis argumentos y esta vez el halón tira de mí como si un potro de tortura se empeñara en poner a prueba mis huesos. En medio de la arritmia logro expulsar un tenue balbuceo.

–Tenemos que hablar .

–Nohaytiempo –susurra atropelladamente.

Siento frío, hasta ahora no percibí que salí de casa sin abrigo. El aire invernal me reseca los labios. Una creciente irritación comienza a escocerme la garganta, recordatorio ineludible de la ausencia de bufanda. Sin detener el paso rebusco dentro del bolso un pañuelo que contenga el creciente goteo en mi nariz. Un estornudo llega antes, y las gotas se impregnan en mi brazo húmedo de rocío.

–Debiste darme chance para abrigarme, así terminaré enfermando.

–Nohaytiempo.

Adentro hace frío. Y así voy, renuente. Atropellada de prisa por la vida.

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Pacto forzado

pacto-forzadoFinalmente duermen todos, excepto mis dudas. Pienso en cómo será simultanear el trabajo con los cuidados del pequeño, y el frío temor en mi espalda me recordó lo cerca que estoy de descubrirlo. Algo en mí se fragmenta; una madre teme poner a su hijo en otras manos, una mujer demanda sentirse filóloga otra vez. Forcejean, gritan. Cada cual reclama su voz. Yo me rompo, y no alcanzo a recoger los pedazos.
La madre se aferra a su mejor escudo, un arma sin rival. Por él ofrece desprotegido su pecho, nada contra la corriente, respira, llora, ríe, vive. No quiere separarse de su enano, lo siente demasiado pequeño aun para enfrentarse a la vida fuera de esa pequeña burbuja que mami le ha creado.
Una filóloga reclama su derecho a vivir, a respirar el aire cargado de olor a tiza y libros viejos. Anhela la premura de sus días agitados, aquellos en los que siempre veía con anhelo el momento de tomarse un descanso. Esta vez reposó demasiado, hibernó durante demasiado tiempo, y quiere, exige volver.
La madre sabe que su hijo necesita depender menos de sus brazos, dar el primer paso en su propio camino, relacionarse con nuevas personas, vivir su destino aunque mamá esté siguiendo muy de cerquita el proceso. Mira a su hijo y flaquea.
Aprovechando el instante, y renegada a la claudicación, la filóloga ofrece un pacto.
-Es posible coexistir, pacíficamente, con peleas a veces, con miedos, dudas, pero complementándonos mutuamente. Es la única manera. Tú siempre serás la primera, viviré en los momentos libres que dejes. La salud y educación del pequeño serán prioridad para ambas, es una regla inviolable bajo amenaza de romper esta tregua.
La madre vacila, delibera unos instantes. Ahoga el quebranto en su pecho. Se siente acorralada, sin opciones. Respira profundo, en un último intento de juntar los trozos sueltos dentro de sí. Vértigos. Finalmente le extiende su mano temblorosa, exhala fuerte, y acepta el pacto.

 

Pequeño explorador

explorador

-¿Qué serás cuando crezcas?
Sus ojos exploran curiosos aquel rostro desconocido, ansiando esclarecer ese lenguaje complicado que aún escapa a su compresión.
Voltea finalmente la cabeza, la voz de mamá le apetece más, ese sí es un vocabulario que reconoce; es el lenguaje de la seguridad, el amor, los abrazos.
En un tono exagerado y mimoso llega a sus oídos nuevamente aquella frase, aún no consigue entenderla, pero ahora la voz que la pronuncia le es inconfundible. Cuando su mami le habla en ese tono él sabe que es la hora de jugar.
Con aire travieso huye a gatas debajo de la mesa. Algo parece llamar repentinamente su atención. Se estira, protesta un poco intentando convencer a los adultos de que le ayuden. Nadie lo toma en serio. Va a tener que arrastrarse más si quiere tomar su premio. Vuelve a protestar. Silencio. Estira una manito, su cuerpo acostado sobre el piso. Otro estirón. Protestas. Silencio. Se aferra con dos deditos al pequeño objeto escondido tras la pata de una silla. Lo agarra fuerte y regresa triunfante, acompañado por una carcajada. Deja caer sobre el regazo de mamá un gatico de goma que se había extraviado en la mañana cuando jugaba.
Mamá sonríe. En respuesta su inocente risa de cómplice inunda la sala.
-Mamá entendió el mensaje -piensa-, cuando crezca seré explorador.

Inercia

Otro de mis renacidos, uno que trae a mi mente los recuerdos de tantas frustraciones en busca de mi bebé.

Retazos al viento

inercia

Inercia, horas muertas
amordazan la nulidad que acecha
el espacio vacío de mis brazos.
Pasas de mí
y esparces
como pólvora negada
la apetencia insostenible que te tengo.
Cada instante que me juzgo contigo
no eres sino el adiós antes del enhorabuena
y vuelvo
proscrita,
macilenta
pereciendo inánime al saberte
donde nunca teñirán encomios en tu nombre
o entre aquellas que
barajan tu suerte en la lujuria de unas sábanas.
No soy, nada me ata a la desvida
que me priva de ti
que desgaja mi esencia en la infértil quimera
de anhelar que seas,
estés, seamos.
Las luces se disipan
bajo las sombras perennes de mis ojos.
Espérame esta vez
que ya voy a tu encuentro.
Inercia.

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